Lara O Blanco Crianza 2018


Tras unos días de vacaciones y recarga de pila atómica, volvemos al blog, buscando lo primero ponernos al día de varios vinos pendientes del curso pasado, de los que aún no había hablado. Han sido tiempos viajeros, y como suele pasar, la vuelta a casa suele ser una rendición, una vuelta a una fantasmal casilla de salida. He pasado unos días maravillosos en Menorca, probando bastantes vinos de allí, aunque la libreta siempre estaba lejos de la piscina y el agua salada. De mis vacaciones también recordaré un curioso percance para alguien de Burgos.

En un ramalazo de osadía y temeridad, me apunté a una excursión con kayaks, por algunas cuevas marinas del sur de Menorca. Sí, esas pequeñas barcas a remos sin GPS ,wifi, ni motor, que hay que empujar con la propia fuerza de los brazos. Yo no sé nadar, aunque la verdad el salvavidas me daba bastante seguridad. A mitad de jornada, tras más de una hora remando a ritmo suave, nos metimos en una cueva, llamada La Catedral. Allí dejamos los kayaks y nadamos un poco; yo dentro de la cueva, donde podía hacer pie con facilidad en las redondeadas y resbaladizas rocas. Estando solo en el agua, noté el pinchazo de una aguja, y al girarme sobre mi hombre izquierdo, pude ver en la cristalina agua, una medusa de unos diez centímetros de diámetro, transparente y pura, que había tenido a bien darme un regalito con sus tentáculos.

Obviamente, mi primera reacción fue de miedo, pero el guía que nos llevaba y otros compañeros, al principio tan alborotados como yo, me dieron calma y arreos para volver a la faena del remo individual. El agua de mar, y la propia inercia de mis ganas por volver a tierra, fueron una gasolina perfecta, el mejor bálsamo de Fierabrás. Afortunadamente la picadura fue solo un susto, las marcas van desapareciendo y apenas dos días después volvía a meterme al mar. No sentí escozor y sobre todo me enorgullezco de no perder la calma, cosa que no todos mis compañeros de viaje podían entender. Mi mujer, siempre pragmática, me recordó que la medusa estaba allí antes que yo, y era cierto. Yo era un invasor en su terreno, en la paz de su guarida, y ella procedía de tiempos antiguos, vigilando aquel lugar como Calipso en su gruta de Ogigia. Vivimos en un tiempo en el que creemos que tenemos un salvavidas contra todo, pero a veces la naturaleza nos recuerda que estamos de paso, y que las reglas en los dominios de Poseidón no son las mismas que en los de Zeus Cronida. Por eso esta primera entrada tras el parón veraniego es de un vino de la Ribera del Duero, una vuelta a casa.

El Lara O Blanco Crianza 2018 está elaborado por Bodegas Territorio Luthier desde Aranda de Duero, y pertenece a la D.O. Ribera del Duero. Es un coupage de albillo mayor y pirulés, con uvas procedentes de Aranda de Duero, La Horra y Zazuar, viñedo viejo de 70 años trabajado en agricultura sostenible. Realiza la fermentación alcohólica en depósitos de hormigón, y la maloláctica parcialmente en barrica, con una crianza posterior de 6 meses de barrica francesa y húngara. En cierto modo es un vino histórico, ya que es el primer vino blanco con la contra de crianza en la Ribera del Duero, y según la bodega, con un periodo de guarda de 20 años. Su producción es de 1232 botellas, que he visto se mantiene en 2019. En esta entrada hemos comentado más largamente datos de la bodega Territorio Luthier, para evitar autoplagiarme. Presenta un color dorado brillante, achampanado. Suave nariz en la que la barrica se nota un poco, floral, membrillo. Buena entrada, acidez en perfecto estado, cuerpo medio, con un punto cremoso de la barrica, nada invasiva, que deja disfrutar de la uva. Fresco y con un final persistente, siendo la botella 595.

Lo veo claramente como un punto de partida, una boya bien marcada en el mar, a partir de la cual podemos seguir explorando y mejorando los vinos de albillo ribereños, sin olvidar que era un 2018. Estoy seguro que añadas posteriores darán aún más.

Me gustaría cerrar la entrada dando un pequeño homenaje a Agustín Alonso González, Director Técnico de la D.O. Ribera del Duero, 23 años ligado a la institución, y que nos dejó en la montaña palentina este pasado mes de agosto. Pude coincidir con él en varias ocasiones, siendo una de las caras más conocidas del Consejo. Su amabilidad y don de gentes hacía siempre que su presencia nunca pasara desapercibida, y su trabajo didáctico estos años, mejorando la calidad de la uva y sus controles, no podrá ser fácilmente sustituido. Gracias por todo.

R.

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