In Memoriam Lila


Silencio. Quizás es lo único que escucho en mi casa desde que te fuiste tan inesperadamente, amiga Lila. Han pasado unos pocos días y aún mis lágrimas golpean el teclado mientras te escribo esta despedida. Este pasado viernes llevé a mi perrita Lila, un cruce de labrador y mastín de más de trece años, para una operación. Debían sacarle un mastocitoma y extirparle el bazo, ya que tenía también ahí un bulto a analizar. Estaba recogiendo un paquete lleno de premios para ella cuando me llamaron, diciéndome que todo había salido bien, y que la recogiera por la tarde. Apenas dos horas después, la infausta llamada. Lila había tenido un paro cardiaco, y se había ido. Muchos de vosotros ya conocéis el resto del proceso, despedida, incineración, y un dolor que atraviesa el alma, que no te deja dormir, mezcla de rabia e impotencia, y una tristeza inagotable que parece no tener fin.

Lila llegó casi como un extraterrestre, ya que viajamos mi mujer y yo, un 1 de mayo de 2014, a buscarla nada menos que a Tomelloso, unos 420 km, y otros tantos a la vuelta, con un viejo Opel sin aire acondicionado, un caluroso día. La perrita nos esperaba sobre un viejo colchón, y no dudó en subirse a nuestro coche, en busca de una nueva vida. Aquí la esperaba Dana, y aunque no estábamos muy seguros de como la recibiría la reina de la casa, todo fue increíble, y pronto ambas se complementaban a la perfección. Lila recuperó un buen tono físico, y aunque era un labrador en el cuerpo de un mastín, siempre quería jugar y seguirnos a donde fuéramos, aunque al ritmo que sus patas le permitían. Lila y Dana eran uña y carne, y creo que, en cierto modo, cuando Dana se fue, cuando cruzó el arcoíris, algo de Lila se perdió. Estos últimos años estaba con sus achaques en las patucas, las típicas artrosis de la edad y de los vientos del norte, pero nunca dejaba de seguirnos, de buscarnos, de utilizar mil y una tretas para llevarse un nuevo bocado de los nuestros.

Su marcha fue inesperada, y su vacío similar a una amputación, ya que no puedo casi recordar la última vez que no había un perrete,  esperándome a mi llegada a casa a mediodía. Mucha gente, con buena intención, me da consejos, pero a veces, mi vena más puñetera les recuerda que yo no tengo niños, y que no les voy a dar un consejo sobre ellos.

Al fondo del salón, descansan las dos urnas juntas. Sé que ellas, y Kira también, tuvieron una vida más que plena y feliz con nosotros, y que, aunque el cáncer nos las haya arrebatado sin humana piedad, sin respetar el normal paso del tiempo, ahora estarán jugando juntas, persiguiéndose desde el amanecer al ocaso, y quizá como nosotros, buscándonos en los sueños de la noche, buscando esa carita sonriente que nos diga que está bien, y que nos quiere como nosotros la queríamos a ella, dándonos algo de paz en esta galerna emocional.

Allá donde estés Lila, mi pelusón, que sepas que nunca te olvidaremos, y que hemos sido muy afortunados de ser tus dueños. Hasta siempre bonita, nos vemos más allá del arcoíris.

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2 comentarios sobre “In Memoriam Lila

  1. Quien no ha convivido nunca con un animal, no tiene la inmensa fortuna de haber conocido la empatía y el cariño limpio y en estado puro, ausente de malicia y de interés. Los animales que comparten con nosotros sus vidas nos regalan millones de momentos de absoluta complicidad, pues se unen a nosotros como miembros de una misma camada sin hacer distinción de especies, y matarían y morirían por nosotros.
    Se ha ido sabedora de que era una perra querida y muy afortunada. Y feliz. Yo quisiera irme algún día con esa sensación y con el espíritu pulcro, como el de un animal.
    Ánimo, muchacho, se lo que duelen estas despedidas, pero recuerda, nadie se va del todo, tenga dos patas o cuatro.

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