Acrata Bobal Rosado 2019


Diego Armando Maradona contra Inglaterra en 1986

Hace ya un mes de la muerte de Maradona. Para mí los recuerdos de Maradona me llevan la niñez, a mis 11 años cuando viví, como ninguno, el Mundial de México 86. Empezaba a gustarme el futbol por esa época, con el Madrid de la quinta del Buitre. He visto a jugadores extraordinarios como Van Basten, Platini, Zico o Gullit, pero ninguno llegaba a lo que Maradona significó para el futbol en los años 80. Nunca podré olvidar el madrugón, con mi madre, para ver el partido de España contra Dinamarca, aquella noche de Querétaro con los cuatro goles de mi ídolo Butragueño. Pero tampoco podré olvidar el día después del partido de Argentina contra Inglaterra, el día de la Mano de Dios, de la resaca de la guerra de las Malvinas, el día del golazo más grande que se ha marcado en los mundiales. Los niños discutiendo la jugada al día siguiente, ya que todos lo habíamos visto, e imitábamos el gol como podíamos en el patio del cole, gritándonos lo de ¡genio! ¡genio! ¡genio!

Un gran póster de Diego estaba frente a mi cama de chaval, e incluso una camiseta de la selección argentina, que ahora reventaría, estaba entre mis favoritas para jugar al balón. Maradona tenía algo de genio, de tocado por los dioses, y aunque su vida fuera del campo no haya sido ejemplar ni mucho menos, da realmente igual, ya que lo que siempre quedará es su divina zurda, su modo de caerse y levantarse una vez más, tras cada patada del rival o de la vida, y ser, como nadie en la historia del futbol, capaz de cargar con un equipo, con una selección, con un país, en sus espaldas. Tuve la increíble suerte de ver a Maradona en vivo, cuando jugó con el Sevilla FC en el campo del Real Burgos CF, en enero de 1993. Nunca lo olvidaré.

Con Diego se nos va otro icono de esos años 80, años que añoro no solo por mi niñez, sino porque el mundo, y el futbol, también eran muy diferentes. Su vida al límite, su condición de ídolo con pies de barro, le hacía merecedor del título de ácrata, ya que hizo siempre lo que le vino en gana, y sin duda no podría pensar en mejor vino para homenajearle.

¡¡¡Gracias Diego!!!!

El Ácrata Bobal Rosado 2019 está elaborado por la Bodega Adrada Ecológica, desde Adrada de Haza, Burgos, y aunque la bodega está dentro de la D.O.Ribera del Duero, este vino sale con la contra de Vino de la Tierra de Castilla León, por la utilización de la uva bobal. Forma parte de la Colección Ácrata que hace referencia a las cuatro estaciones, siendo la bobal la relacionada con el verano. De la bodega Adrada Ecológica hemos hablado muchas veces en el blog, así que pasaré directamente a este vino. Está elaborado con uva bobal que Jesús Lázaro logra recuperar en la zona, apenas 0,16 hectáreas en vaso, viñedos que superan los 70 años a más de 900 metros de altitud, que nos lleva a una pequeña producción de 650 botellas, y un paso posterior por barrica francesa de 13 meses. Color rosado pálido de capa media, no muy brillante y con ese tono apagado de los rosados con paso por barrica. Nariz profunda, con una fruta roja golosa y madura, estando la madera casi imperceptible. Buena entrada, cuerpo medio, ligero, la madera se marca un poco al final, dándole redondez, notas de anís. Leve punto efervescente. Se me quedó un poco corto, aunque mejora al segundo día de abierto, como suele suceder con los vinos de Jesús. Un vino singular para los exploradores del vino.

R.

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Photo by Trevor Gerzen on Unsplash



Aranda de Duero Ciudad del Vino 2020

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